En el marco de la Semana de la Mujer, desde el Colegio Nuestra Señora de Luján queremos honrar y reflexionar sobre la vida de quien inspira nuestro carisma educativo: la Venerable Mary Ward. Su historia, marcada por el coraje y una inquebrantable fidelidad a Dios, la convierte en un ejemplo luminoso de mujer para nuestra Iglesia y para nuestros tiempos.

Forjada en el crisol de la fe perseguida

Mary Ward nació en 1585 en la Inglaterra protestante, en una época de feroz persecución contra la Iglesia Católica que se extendería por tres siglos. Su primera palabra y su último aliento fueron, ambos, el nombre de Jesús. Creció en el seno de una familia que arriesgaba su vida para mantener viva la fe, formando parte de la «Iglesia clandestina». Esta Iglesia subterránea era una red de hogares y escondites por los que se trasladaba y protegía a los sacerdotes para que pudieran llevar la Misa de aldea en aldea. Las familias adineradas, como la suya, organizaban bailes los domingos que, en realidad, eran una tapadera para que los católicos pudieran reunirse a celebrar la Eucaristía sin levantar sospechas. La ejecución pública era el destino habitual de quienes fueran descubiertos.

Esta experiencia de riesgo por amor a la Eucaristía y a los sacerdotes marcó profundamente su infancia. De los 5 a los 10 años, Mary fue enviada a vivir con su abuela, una mujer de profunda santidad que había sido encarcelada hasta catorce veces por practicar el catolicismo. Bajo su tutela, a los 10 años, Mary ya dominaba el latín, conocía a fondo la Biblia y los Padres de la Iglesia, y su vida espiritual era notablemente avanzada, influida también por el trato con los jesuitas que se escondían en su hogar.

La llamada a «seguir el mismo camino que los jesuitas»

A pesar de los deseos de su familia de que contrajera matrimonio, Mary supo desde pequeña que su llamado era a la vida religiosa. Tras un camino de búsqueda y oración, Jesús le reveló que debía fundar una congregación religiosa femenina que siguiera el mismo camino que la Compañía de Jesús. En aquella Europa del siglo XVII, esto significaba un desafío radical a las normas culturales y eclesiásticas: las mujeres religiosas debían vivir estrictamente enclaustradas. La propuesta de Mary Ward, de una vida apostólica activa sin clausura, iba en contra de todo lo establecido.

Por esta fidelidad a la voluntad de Dios, sufrió incomprensiones y persecuciones, viendo incluso cómo su instituto era suprimido. Sin embargo, jamás claudicó. Su unión con Dios era tal que, a pesar de la oposición, su santidad era indiscutible para quienes la conocían. Se dice que poseía un discernimiento perfecto y una sabiduría tal, envuelta en el Espíritu Santo, que al entrar en una sala donde hombres airados gritaban, estos se calmaban inmediatamente en su presencia. Su ejemplo nos interpela hoy: ¿cómo cambiaría nuestra vida y nuestro entorno si lleváramos esa gracia a nuestras mesas familiares?

Un legado que perdura

Las comunidades que ella fundó se mantuvieron con vida y fueron formalizadas a finales del siglo XIX como el Instituto de la Bienaventurada Virgen María (IBVM). Esta es la congregación que, años después, formaría a Santa Teresa de Calcuta hasta que Jesús la llamó a una nueva misión. La propia Madre Teresa sentía un gran amor y admiración por Mary Ward.

Al recordar su vida, especialmente en este día de la mujer, encontramos en ella un modelo de fortaleza y valentía: «La verdadera fortaleza y el coraje consisten en hacer lo que uno sabe que es bueno en todas las circunstancias en las que nos encontramos, y en no dejarse disuadir de ese bien por ninguna oposición». Que su ejemplo inspire a nuestra comunidad educativa a vivir con la misma pasión por la verdad, la justicia y el servicio a los demás.